jueves, 6 de septiembre de 2012



 La luna de Aquiles
Ramelis Velásquez
                                                   
                                                
                                                                                   Para el niño que fue Aquiles Nazoa



La abuela decía que la luna era el invento de cada hombre. La luna que yo veo no es igual a la tuya. La mía quiere apagarse porque de tanto mirarla ya la tengo en los ojos y cuando me toque cerrarlos ella se vendrá conmigo. Mi luna grande, pesada, tan vieja como yo, tan majadera y, a veces, injustamente olvidada como yo. Aquiles la escuchaba con la mirada fija en la cinta plateada agitada por el viento. Una línea de mar que ondeaba suavemente dibujando el golfo, haciéndolo más visible entre las sombras de los cerros.

En medio de lomas espesas se levantaba Pico Estrella, un lugar mágico donde vivían Aquiles y la abuela. Las estrellas caían y se incrustaban en el cerro, entonces comenzaba aquella proyección de luz que iluminaba todo el barrio por largas noches. Allí, cada elemento de la naturaleza tenía una manera especial de presentarse. Los árboles caminaban por el patio en las noches, las iguanas lucían pieles fosforescentes, la abuela estiraba su cuello elástico mientras hablaba.

_Abuela, ¿cómo sabes tanto de la luna?
_No lo vas a entender tan pronto. Fíjate, yo sólo puedo hablarte de mi luna, la misma que soñé cuando era niña. Tendrás que  buscarte una.
_Abuela, ¿para qué buscarla si está ahí todo el tiempo?
_Justamente, eso es lo que yo llamo pereza para inventar.
_Pero, abuela, ¿cuál es la diferencia?
_La diferencia está en que un día la quise de otra manera y fue así. Debes tener mucha imaginación para eso.

Aquiles no entendió mucho lo que la abuela le dijo. Pero si de inventar se trataba, en el Colegio desplegaba todo su talento añadiendo cosas nuevas a su lista de mentiras. Imaginar una luna se le antojaba innecesario porque ya alguien, seguramente más importante y más grande que él, lo había hecho. Así estuvo un buen rato, pensando y hablando solo hasta que se fue quedando dormido.

Al cerrar completamente los ojos, vio la luna aproximarse de manera tan violenta que no pudo contener el grito. Cada vez que cerraba los ojos ocurría lo mismo. Decidió, entonces, recostarse en la hamaca y pensar en cosas distintas. Mientras miraba al vacío, sin advertirlo, empezó a fantasear.

Un ángel inmenso vuela en círculo soplando una burbuja entre sus manos. Sopla con fuerza y el aire es blanco, extrañamente pesado. La burbuja crece redonda, brillante, quieta; el ángel la guinda en el telón negro que ha caído desde lo alto. Pero esto dura poco. Justo antes del amanecer se oyen los graznidos de un viejo pelícano que de manera curiosa sale de la cinta plateada que está a lo lejos. Algo no anda bien. ¿Qué hace la abuela aquí? Ella es el pelícano. Tiene el pelo alborotado y ahora sus manos son plumas. Sube hacia la luna y la picotea hasta desinflarla. Entonces, el ángel muy enfadado le repara los agujeros cubriéndola de parches. Por eso tiene manchas oscuras en su rostro.

Aquiles quiere una luna menos frágil. La convierte en el camafeo de la noche prendiendo con su luz las sombras y los espejos. Y allí está la abuela viéndose en uno de esos espejos, tiene en su vestido negro un camafeo en forma de luna. No puede ser. Aquiles se desespera y hace un globo con la luna para escapar hacia el universo, pero salen a su encuentro unas manos aladas que lo quieren atrapar. Abre los ojos y las manos lo tocan, lo acarician, le dan palmadas para que se levante porque ya amaneció, porque su luna siguió un recorrido distinto buscando otro amigo que la traiga de regreso.

Al pasar los años, ya en compañía de su nieto, Aquiles recuerda que un día quiso inventar una luna.
            
 _No fue nada fácil. Yo la había imaginado tanto que ya llevaba una por dentro. A través del espejo la veía diminuta en mis ojos. Mi luna era pequeña como yo, tan juguetona que le había robado las alas a un pájaro de madera que estaba en el jardín. Mi abuela me decía que para mirar de verdad a la luna primero hay que inventarla.

_Está bien, abuelo, pero dime ¿qué puedo hacer con esa luna que patina por el lomo de los cerros?

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La literatura infantil y juvenil al alcance

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Edgar Clément

SOBRE LA AUTORA

Ramelis Velásquez (1968). Autora venezolana nacida en Cumaná, estado Sucre. Realizó estudios de Letras en la Universidad Central de Venezuela y en la Universidad de Oriente. Licenciada en Educación Integral, mención Lengua (UNA) y Magíster en Educación Abierta y a Distancia por la misma institución. Narradora, ensayista e investigadora de la literatura infantil y juvenil. Se ha destacado como cuentista, así como ensayista de temas sobre poesía y narrativa, en especial, las que han sido dirigidas a niños, niñas y adolescentes. Su labor de investigadora se ha centrado en el proceso de recepción de las obras destinadas a los jóvenes lectores. Ha facilitado talleres de teoría y crítica de la LIJ y sobre el proceso de lectura. Correctora de la revista latinoamericana de poesía Poda (Fondo Editorial del Caribe, Barcelona, estado Anzoátegui).