miércoles, 10 de septiembre de 2008


Caballito blanco*
Oscar Guaramato (escritor venezolano)

Para aquella época contaba siete o nueve años.
No preciso exactamente mi edad ni mi tamaño, pero cierto es que en ese constante evadirse de lo real a lo fantástico, en ese soñar despierto tan común en la niñez, que, muchas veces, da corporeidad a situaciones ilusas e insufla contornos reales a sutiles fantasías, yo, lo confieso, ansiaba ser dueño de un gran caballo blanco…
Sería, o era, un brioso caballo de plateadas crines y larga cola de sedoso brillo, con belfos tiernos e corazón de pan y alzado cuerpo d limpia porcelana y dentadura de carne de jazmín.
Me veía cabalgándolo altanero por valles y ciudades, donde las gentes aplaudían mi audacia de pequeño caballero y admiraban el brillo de mis polainas de charol.
Yo me tendía, cara al cielo, sobre la tierra caliente y gris, y hacía nacer gusanillos de sueños que buceaban golosos la pulpa blanda de mi mente, y entonces me era dado conducir, desde lejanos y extraños territorios, apretados y ariscos rebaños de ganado, o, al compás de marchas militares, guiar, por la calle principal de una luminosa y desconocida ciudad, un bizarro batallón de infantería.
Siempre era el héroe, el príncipe invencible de las grandes hazañas. Las multitudes me adoraban y temían.
No sé si en estas gloriosas situaciones mi rostro expresaba fiereza de capitán pirata, o la dulzura de un santo-niño conquistador de reinos.
Vagamente recuerdo que mi caprichosa personalidad estaba sujeta a mutaciones periódicas: a veces era un cacique combatiendo blancos intrusos, ansiosos de mi oro, o el blanco audaz que dispersaba tribus y se hacía dueño de fabulosas riquezas.
Fácilmente pasaba de rey poderoso a esclavo vengador; de amigo a enemigo de mi propia ficción.
Eran horas y horas de estar tendido sobre la tierra gris, abiertos los ojos a la lejanía azulosa, abandonado el cuerpo como un cascarón vacío, y la imaginación errante por senderos de humo, caminando a tientas, silenciosamente.
Con frecuencia volvía en mí cuando ya el atardecer arremansaba sombras para mecer el sueño de los pájaros.
Mi madre y yo vivíamos en una casa espaciosa, de húmedos y oscuros cuartos enladrillados. Una pequeña reja, plomiza y roída por los años, le daba entrada, y en el espacio que mediaba entre ésta y aquella crecían rojos rosales, limoneros enanos, y había un manto de yedra opaca que dibujaba diminutos arabescos en los claros cuarteles del jardincillo; luego, la boca negra de una galería, los cuartos con pesadas puertas color de almagre, la cocina que era un breve túnel manchado de ceniza y hollín, y, al final, el patio punteado de matojos, que tenía en el centro, como gala, un delgado naranjo que jamás dio frutos. Allí, ala sombra del árbol estéril, venía en mi busca el ensueño, y entonces me iba en mi caballo blanco, marcando dorados rumbos por tierras de la aventura.
Mi aballo no tenía nombre como otros caballos.
Tampoco moraba en residencia terrenal.
Pacía tras las nubes distantes, tras la jorobas de los cerros rasados por sombras de alas fugaces; me lo figuraba triscando rosas de azúcar, o galopando incansable sobre senderos de almendras, en un prado de lirios agridulces cruzado por arroyuelos de miel.
¡Mi caballo vivía más allá del relámpago y la estrella!
Así lo soñé una noche. Trotaba alegremente y perecía reír, pues, al mirarme, su relincho fue un claro cascabel de gozo. Tenía una larga crin de hilos de luna y la cola espejeante, como un chorro de leche que se quedara sin caer, flameando tras las ancas vigorosas; y finos cascos de nácar, y pequeñas y erectas orejas, con mucho de caracol y de azucenas. Se me fue correteando por los caminos del cielo y yo le llamaba a gritos, pero él corría, corría… y la polvareda algodonosa de su huida formó una nube densa que me ocultó su imagen.
Entonces vino hasta mí la voz de mi madre. Le inquietaba eso de que yo gritase mientras dormía. Yo abrí los ojos. Otro día empezaba a nacer y mi madre aún cosía junto a mi lecho. La máquina de mano mordisqueaba la tela gomosa y el espolear menudo de la aguja hilaba un seco galope por los altos caminos de la madrugada.
Mi madre jugó un instante con mis cabellos, luego cubrióme con una frazada y me ordenó dormir. Y volví a encontrarme con mi amigo, pero, al seguir el ritmo de su paso, noté que no era igual: tenía como entumecidas las patas y, al moverlas, sonaban secamente, como gruñidos de engranajes sin aceite, como frases a media voz, surgiendo atropelladas entre unos dientes negros y oxidados. Pensé llamarlo, o lo llamé a gritos, pero entonces cesaron los sonidos y lentamente se fueron desdibujando los contornos albos, hasta quedar apenas un pequeño y delgado resplandor.
Desperté angustiado.
Sobre el piso del cuarto el amanecer burilaba ases de oro. Recostada sobre la máquina de coser; mi madre dormía profundamente.
Había estambres de sol posados en sus cabellos.
En aquella época –contaba siete o nueve años-, un acontecimiento inesperado cambió de pronto el rumbo de mi vida.
Un día mi madre me compró zapatos nuevos y un pantalón de lana.
Ya sus manos me habían hecho una camisa azul de suaves transparencias.
Una tarde me hizo vestir apresuradamente y después me llevó por calles y parques hasta una casa grande, y ahí me presentó a un hombre alto, de gestos elegantes y severo rostro, desde donde miraban afilados dos grandes ojos azules; tenía el pelo amarillo, como la barba de las mazorcas tiernas. Y también un velludo lunar en la mejilla.
Tuve deseos de decirle:
_¡Hola, verruguita!
Tal como me llamaban los chicos de la escuela; pero mi madre me llevó hasta él, y el hombre, tomándome del brazo, me miró un momento, y al cabo dijo, sonriendo apenas:
_Así era yo cuando tenía su edad…
Yo consulté en los ojos de mi madre sin saber qué hacer y entonces ella musitó a mi oído:
_Pídele la bendición: ¡es tu papá!
No dije nada. Un galopar de sangre asordaba mis sienes y las palabras no pudieron salir.
Cuánto desprecio y repugnancia sentí por aquel hombre desde el instante mismo en que lo conocí.
Era el culpable de ser yo como era: horriblemente rubio y con aquella fea verruga en la mejilla.
_El te llevará a Trinidad –dijo mi madre, al regresar a casa-.
_¿Para qué? –pregunté-.
_Allí estudiarás… -murmuró ella en un suspiro-.
_Es una isla extranjera, inglesa…
_¿Nos iremos en un barco?
_Sí: irán en un lindo barco…
_¡No quiero ir a Trinidad! –dije-.
Y rompí a sollozar. Ella me tomó en sus brazos y fuertemente me oprimió contra su pecho. Sentí caer, tibias, sus lágrimas sobre mi cuello, mientras decía:
_Debes ir…
Esa noche huí.
Desde entonces no he visto a mi madre.
Siempre está en mis recuerdos la intacta presencia de sus manos, y a veces, en sueños, he sentido en mi rostro su blanda caricia y es como si un caballo de algodón me lamiera en silencio la frente.
*Tomado de Cuentos en tono menor (1969). Caracas: Monte Ávila.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Este cuento es sencillamente hermoso. Me gustaría leer más de este autor...

La literatura infantil y juvenil al alcance

La literatura infantil y juvenil al alcance
Edgar Clément

SOBRE LA AUTORA

Ramelis Velásquez (1968). Autora venezolana nacida en Cumaná, estado Sucre. Realizó estudios de Letras en la Universidad Central de Venezuela y en la Universidad de Oriente. Licenciada en Educación Integral, mención Lengua (UNA) y Magíster en Educación Abierta y a Distancia por la misma institución. Narradora, ensayista e investigadora de la literatura infantil y juvenil. Se ha destacado como cuentista, así como ensayista de temas sobre poesía y narrativa, en especial, las que han sido dirigidas a niños, niñas y adolescentes. Su labor de investigadora se ha centrado en el proceso de recepción de las obras destinadas a los jóvenes lectores. Ha facilitado talleres de teoría y crítica de la LIJ y sobre el proceso de lectura. Correctora de la revista latinoamericana de poesía Poda (Fondo Editorial del Caribe, Barcelona, estado Anzoátegui).